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Lo que está sucediendo con nuestras universidades

SE NECESITA QUE EL ESTADO PROPICIE UNA TRANSFORMACIÓN PRODUCTIVA 
La educación superior tiene por objetivo generar competencias laborales, apoyar la transición de los individuos desde la niñez a la adultez y generar espacios de reflexión y conocimiento que contribuyan al desarrollo.

Esa misión requiere que las universidades aporten una educación pertinente, relevante, eficaz y equitativa.

En el caso dominicano, sin embargo, las tendencias revelan serias limitaciones del sector educativo superior para cumplir cabalmente su papel. Este artículo reflexiona sobre ese problema.

El aspecto más positivo del sistema universitario es la gran expansión de su cobertura.

En 1970, apenas 20,000 personas cursaban estudios terciarios, y representaban menos de 5% de la población entre 18 y 24 años de edad; actualmente, la matrícula en las universidades es superior a 372,000 estudiantes, que representan casi 30% de la población en las edades indicadas.

En consecuencia, el país ahora cuenta con alrededor de 892 trabajadores con estudios universitarios, lo que casi triplica la cantidad que tenía dos decenios atrás.

Infelizmente, la gran expansión ha sido acompañada de numerosas falencias.

El problema más grave es el predominio de profesores (y estudiantes) a tiempo parcial.

Así, aunque las universidades reportan alrededor de 11,000 profesores, solo el 15% dedica su tiempo completo a labores académicas.

En esencia, el país ha dejado de tener “profesores” para tener “profesionales que dan clases”.

El sistema universitario muestra también una enorme concentración en unas pocas carreras: ciencias administrativas, sociales y jurídicas representan 40% de la matrícula; en cambio, las ciencias básicas y aplicadas representan menos de 1% de todos los estudiantes. Además, se observa una baja matriculación en el nivel de postgrado (apenas 2.5% del total de estudiantes) y en programas técnicos que permitan una rápida salida al mercado laboral (menos de 10% de la matrícula total).

Esos elementos son claramente incompatibles con la pretensión de orientar el aparato productivo hacia actividades con mayor contenido tecnológico y vocación exportadora.

En general, muchas entidades muestran una oferta sin suficiente apoyo de infraestructura, limitados vínculos con el resto de la sociedad y escasa capacidad de innovación. Las deficiencias de la investigación son especialmente severas. Mis estimaciones más recientes indican que las universidades solo tienen alrededor de 300 personas en esa actividad, lo que equivale a unos 30 investigadores por cada millón de habitantes -en contraste con 122 por millón en Costa Rica, 460 en México y 833 en Chile.

Gran problema
Hasta ahora, esa pobreza del sector educativo superior ha sido parte de un acuerdo social perverso, entre empresas que demandan mano de obra barata, y hogares y gobierno que no invierten en educación. Los resultados se reflejan en el mercado laboral: entre los trabajadores con estudios universitarios, 13% está desocupado, 10% recibe ingresos por debajo del salario mínimo y 23% son trabajadores informales.

Ese círculo vicioso tiene que romperse si nuestra sociedad aspira a mejorar su condición de vida. La pregunta que emerge es: ¿cómo? Un proceso de cambio requiere mejoras en varios frentes. Es necesario que el Estado propicie -a través de diversos instrumentos de política industrial- una transformación productiva.

Sin tal transformación, las empresas nunca tendrán incentivos para pagar por profesionales de alta calidad, los hogares no tendrán incentivos para invertir en una calidad que el sector productivo no demanda, y las universidades no tendrán incentivos para ofrecer una calidad por la que nadie paga. Por otro lado, las empresas y los hogares deben desarrollar mayor conciencia de que el capital humano es un activo indispensable para sobrevivir en la arena global.

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SE REQUIERE UNA ALIANZA DE SECTORES
RETO UNIVERSIDADES
El mayor reto es la generación de recursos para pagar el costo de una educación de clase mundial. Esto requiere una alianza con el Estado, empresas y organizaciones, sin cuya demanda ninguna educación de calidad podrá ser sostenible, y por otro lado, las universidades requieren una adecuación de sus procesos internos, con miras a que -sin abandonar la búsqueda de conocimiento como razón de ser- se orienten al logro de resultados, atiendan a necesidades concretas de entidades públicas, privadas y no gubernamentales, y desarrollen una cultura de mejor gestión y rendición de cuentas. Solamente las universidades que cambien podrán sobrevivir.

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